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Muerte en la Biblioteca de la universidad

Enviado por en 2014-05-21 – 8:48 AMSin comentarios

luto El impacto de una muerte en nuestro lugar de trabajo es tremendo. Es difícil pensar en otra cosa que no sea en la persona que hoy por la mañana salió de su casa como cualquier otro día y pero ya no volverá.

Eso es lo que había que haber evitado.

En prevención se suele decir que la inmensa mayoría de los accidentes de trabajo que se producen podían haberse evitado, puesto que existen medidas técnicas y organizativas para evitar los riesgos. Y eso vale para las minas turcas privatizadas y para los tejados con claraboyas de cristal.

Las juntas que unían las claraboyas con las estructuras se habían ido resumiendo y todo el patio de la Biblioteca estaba lleno de goteras.

Intentábamos evitar que la gente se resbalara con los charcos y los señalábamos con letreros amarillos. Éramos conscientes de que no sería una tarea fácil. 5 pisos de altura y una estructura de claraboyas de cristal con estrechas zonas intermedias exigían máxima precaución. Así lo entendió también la Universidad, que contrató una empresa para hacer la obra y otra específica para velar por la seguridad en la misma. La empresa que tenía que hacer la obra la subcontrata a otra más pequeña. El negocio fácil y la seguridad nunca se han llevado bien. Una empresa cobra y obtiene beneficios por un trabajo que encarga a otra empresa, que los obtiene escatimando medidas de seguridad y aumentando los ritmos de trabajo.

En la zona había “líneas de vida”, cables fuertes atados a sitio seguro para que si te caes o se rompe la claraboya no caigas 5 pisos, sino que te quedes colgando del arnés. Habrá quien culpe al trabajador muerto por no llevar arnés ni trabajar atado. Es el discurso del representante de Confebask de que este es un sitio donde nos gusta correr delante de los toros y hacemos pase foral a las normas. Pero esos mismos empresarios son los que deciden qué tienes que hacer, cómo tienes que hacerlo, con qué material y en qué tiempo. La ley les obliga a formar a su personal sobre los riesgos a los que está expuesto, a poner los medios materiales, a dar las instrucciones oportunas y a vigilar que se cumplen. Cada día recuerdan a los trabajadores que no se les paga por pensar, sino por obedecer. Pero si hay un accidente, echan la culpa a la víctima.

En mi opinión hay tres desencadenantes profundos de este accidente, al margen de la determinación de responsabilidades de la empresa encargada de la seguridad en la obra y de todas las contratas

implicadas:

La primera es la propia cadena de subcontratación. Las empresas del primer nivel tienen procedimientos de trabajo estipulados y acreditaciones ISO, que les permiten adjudicarse la obra, pero al final la subcontratan a otras empresas que ya no tienen ninguna acreditación, a las que aprietan en presupuestos y plazos. Las instrucciones de seguridad van perdiendo detalle y rigor a medida que descendemos en la cadena de subcontratación.

La segunda es el nivel de presión que existe sobre las personas trabajadoras con un despido prácticamente libre, cuando no con una precariedad absoluta. El miedo a ser despedidas hace que muchas personas acepten condiciones abiertamente peligrosas sin rechistar. A la vez que se implantaban con retraso las modernas normativas europeas de prevención se iniciaba el desmantelamiento acelerado de toda la protección de los derechos de las personas trabajadoras en sucesivas reformas laborales.

La tercera es la existencia o no de representación sindical. Las empresas dedican grandes esfuerzos a desmantelar la capacidad de respuesta de las personas trabajadoras y su organización. También quieren reducir la vigencia e incidencia de los convenios hasta conseguir que todo sea simplemente que “aquí se hace lo que yo quiero”. Recuerdo una situación de riesgo similar a la de hoy, en la propia Universidad, hace unos años, resuelta de forma muy diferente.

Había otra gotera, esta vez en el Aula Magna y mientras se arreglaba se colocaba un balde en una viga que había bajo la cubierta a una altura muy considerable. Cuando el balde se llenaba, alguien tenía que ir andando por la viga con un balde vacío y volver con el balde lleno.

El trabajador al que le mandan pasearse por la viga no era fijo, pero vio claro que aquél trabajo tenia un riesgo muy elevado y consultó al sindicato. Los convenios de la UPV/EHU establecen que cuando una persona considere que el trabajo que se le encomienda puede tener un riesgo para su seguridad o su salud puede pedir que la orden de realizar ese trabajo se la den por escrito. El trabajador ejercitó ese derecho. Además, el delegado de prevención solicitó la paralización de ese tipo de trabajos por su elevado riesgo. El resultado fue un trabajador vivo. El resultado de no tener ni convenios ni representantes, el resultado del miedo como base de las relaciones laborales es una persona muerta.

La universidad dará mañana explicaciones al Comité de Seguridad y Salud, habrá paro y concentración de protesta, los jueces tendrán que establecer todas las responsabilidades de todas las partes implicadas en esta muerte y deberán pagar por ella. Pero tenemos que recordar todas estas cuestiones para evitar nuevas muertes. Recortemos las cadenas de subcontratación, implantemos un trabajo estable y con derechos, defendamos nuestro derecho a la salud. Tenemos derecho a volver con vida de nuestro puesto de trabajo. Pongamos todo lo que esté en nuestra mano para que esta sea la última muerte por accidente de trabajo.

 

Rubén Belandia

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